Construir una casa se parece menos a comprar y más a producir. El orden importa, y equivocarlo cuesta dinero.
Primero el terreno, y con papeles. Antes de enamorarte de un lote: escrituras limpias, uso de suelo compatible, factibilidad de agua y drenaje. Un terreno barato sin factibilidad es un terreno caro.
Luego el proyecto, no el constructor. Mucha gente contrata al albañil primero y le pide que «vaya viendo». El proyecto ejecutivo es lo que te permite pedir tres presupuestos comparables sobre lo mismo. Sin él, comparas peras con manzanas.
Después el presupuesto y los permisos, en paralelo. El trámite tarda, y arrancar sin licencia expone la obra a clausura. Los dos procesos pueden correr al mismo tiempo.
Al final, la obra. Con calendario, bitácora y estimaciones. Los cambios en obra se autorizan por escrito, siempre. La memoria es mala y las cuentas al final son peores.
Y la entrega no es cuando te dan las llaves: es cuando recibes planos as-built, manuales de instalaciones y la garantía por escrito. Pídelos.
Escrito por Arq. Dorian Yair Rodríguez
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